18
Pedro y Juan que habían seguido a Jesús de lejos, lograron entrar en el tribunal de Caifás. Ya no tuvieron fuerzas para contemplar en silencio las crueldades e ignominias que su Maestro tuvo que sufrir. Juan fue a juntarse con la Madre de Jesús, que en estos momentos se hallaba en casa de Marta. Pedro estaba silencioso; pero su silencio mismo y su tristeza lo hacían sospechoso. La portera se acercó, y oyendo hablar de Jesús y de sus discípulos, miró a Pedro con descaro, y le dijo:
"Tú eres también discípulo del Galileo".
Pedro, asustado, inquieto y temiendo ser maltratado por aquellos hombres groseros, respondió:
"Mujer, no le conozco; no sé lo que quieres decir".
Entonces se levantó y queriendo deshacerse de aquella compañía, salió del vestíbulo. Era el momento en que el gallo cantaba la primera vez.
Al salir, otra criada le miró, y dijo:
"Este también se ha visto con Jesús de Nazareth"; y los que estaban a su lado preguntaron:
"¿No eras tú uno de sus discípulos?".
Pedro, asustado, hizo nuevas protestas, y contestó:
"En verdad, yo no era su discípulo; no conozco a ese hombre".
Atravesó el primer patio, y vino al del exterior. Ya no podía hallar reposo, y su amor a Jesús lo llevó de nuevo al patio interior que rodea el edificio. Mas como oía decir a algunos: "¿Quién es ese hombre?", se acercó a la lumbre, donde se sentó un rato.
Algunas personas que habían observado su agitación se pusieron a hablarle de Jesús en términos injuriosos. Una de ellas le dijo:
"Tú eres uno de sus partidarios; tú eres Galileo; tu acento te hace conocer".
Pedro procuraba retirarse; pero un hermano de Malco, acercándose a él le dijo:
"¿No eres tú el que yo he visto con ellos en el jardín de las Olivas, y que ha cortado la oreja de mi hermano?".
Pedro, en su ansiedad, perdió casi el uso de la razón: se puso a jurar que no conocía a ese hombre, y corrió fuera del vestíbulo al patio interior. Entonces el gallo cantó por segunda vez, y Jesús, conducido a la prisión por medio del patio, se volvió a mirarle con dolor y compasión. Las palabras de Jesús: "Antes que el gallo cante dos veces, me has de negar tres", le vinieron a la memoria con una fuerza terrible. En aquel instante sintió cuán enorme era su culpa, y su corazón se partió. Había negado a su Maestro cuando estaba cubierto de ultrajes, entregado a jueces inicuos, paciente y silencioso en medio de los tormentos.
Penetrado de arrepentimiento, volvió al patio exterior con la cabeza cubierta y llorando amargamente. Ya no temía que le interpelaran: ahora hubiera dicho a todo el mundo quién y cuán culpable era.